Era un teatro de media noche, con artistas gitanos.
Donde antes era una casa ahora estaba un patio
lo suficientemente grande como para un Ulises,
y lo suficientemente pequeño como para una Julieta.
Comían de imaginación todas las madrugadas y
era difícil distinguir sus rostros.
Sus ojos parecíanllamas salvajes a punto de comerse un bosque
que crujía bajo sus pestañas.
El bosque era yo.
Y me sentía como un cordero entre lobos.
Lo único que podía ver eran sus manos y sus
pechos, sus piernas que iban y venían cargando
cosas, trapos, luces, y alguna que otra cosa
roja grisásea.
Las mujeres, desdeñosas, flacas,
con labios

partidos y senos escurridos
cargaban cofres viejos a los que se les
había arrancado las joyas.
Caminaban como susurros y sus
miradas escandalizaban de pensar
que estaban hablando de uno,
reían con los ojos desorbitados.
Era la segunda vez que estaba ahí,
en medio de todo el trajín de cosas,
de cajas, de humanos yendo y
viniendo en todas direcciones.
Era la segunda noche que se
presentaba una obra que nunca podía ver,
por que siempre que todo terminaba
mis ojos se cerraban en
un sueño profundo,
un sueño rojo grisáseo.
Busqué comida
y sólo habia pedazos de pizza
fríos y un vaso con refresco de limón.
Cuando me senté a comer uno de ellos me
preguntó sarcásticamente si no era mucho
para mí. Miré el plato y las piezas de pizza
eran pequeñisimas. No recuerdo haber comido,
pero recuerdo haber visto por fin su rostro
el que recordé mientras volvía a cerrar los ojos violentamente.
foto:Marco M.